Pasear por Nueva Delhi es como estar dentro de una enorme centrifugadora de ruido, olores, colores, contaminación y un caos que seduce y horroriza a partes iguales. Es una ciudad muy viva, demasiado dicen los que la sufren a diario. Es una ciudad de contrastes, demasiados opinan los que se mueven entre ellos, como el empresario Jairaj: se crio en Hafiz Nagar, una de las barriadas de chabolas más grandes de la capital de India. Gracias a una beca del Gobierno pudo ir a la universidad, salir del barrio pobre y prosperar después de desarrollar una millonaria startup de servicios financieros. Ahora vive en un dúplex en Hauz Khas Village, una de las zonas más ricas.

«La pobreza que hay es una dolorosa realidad a la vista de todos, pero también lo es que las políticas del Gobierno están llenando los estómagos de millones de familias que antes no tenían nada que llevarse a la boca. El país está avanzando mucho, a un ritmo impresionante», sostiene Jairaj, quien reconoce que esta semana, cuando ha llegado el turno a Delhi para votar en la última fase de las largas elecciones, ha elegido la papeleta del partido nacionalista hindú, el Bharatiya Janata (BJP) del primer ministro Narendra Modi.

En India se cierran este sábado las urnas tras seis frenéticas semanas distribuidas en siete fases para que pudieran votar cerca de 970 millones de personas en más de un millón de colegios electorales repartidos por todo el vasto país, incluso en zonas remotas del Himalaya y del desierto de Rajastán. Los últimos en votar serán los vecinos de algunos distritos de estados norteños como Uttar Pradesh, Punjab y Jharkhand. Han sido las mayores elecciones de la historia, nunca antes se había vivido un despliegue electoral semejante. Pero para conocer los resultados finales habrá que esperar hasta el próximo cuatro de junio.

Jairaj tiene la camisa sudada y se refresca continuamente el cuello con una botella pequeña de agua congelada. Que en Delhi haga mucho calor al arrancar junio no es ninguna novedad. Sí lo es que las temperaturas marquen máximos históricos que acarician los 50 grados. Aunque ni siquiera la ardiente brisa que sacudía el viernes conseguía paralizar la vibrante actividad en una ciudad en la que, incluyendo los enormes suburbios de la periferia, viven cerca de 33 millones de personas.

En Delhi, la ola de calor extremo ha relegado las elecciones a un segundo plano. La prioridad a pie de calle y de administración es ahora la escasez de agua. Se ha reducido el suministro en muchas zonas para que el grifo solo corra una vez al día y en los barrios marginales se quejan de que los camiones cisterna no descargan todos los bidones de agua que sus apiñadas poblaciones necesitan.

Jairaj dice que en su urbanización no se corta el agua para regar el césped por mucha sequía que haya. Él, aunque venga de cuna humilde, forma parte ahora de una élite hindú encandilada por el nacionalismo de un líder que ha forjado un culto insólito a su personalidad más propio de un régimen autoritario que de un país que se vende como la mayor democracia del mundo.

Modi (73 años) se encuentra ahora de retiro espiritual en un templo de una isla al sur, meditando sobre un probable tercer mandato consecutivo si no salta la sorpresa. El veterano líder ha llegado a tal nivel de verborrea y populismo, que hace unos días ha soltado en una entrevista que creía que había sido elegido por Dios para el cargo.

«Estoy convencido de que Parmatma (Dios) me envió con un propósito. Una vez que se logre ese objetivo, mi trabajo estará hecho», ha asegurado. Era la segunda vez en menos de un mes que hablaba de sí mismo como un instrumento divino. «Cuando mi madre estaba viva, yo creía que nací biológicamente. Después de su fallecimiento, al reflexionar sobre todas mis experiencias, me convencí de que Dios me había enviado», ha dicho en otra entrevista.

Modi está convencido de su aplastante victoria en las urnas. Poco antes del final de las elecciones, ha afirmado que el BJP había obtenido la mayoría al ganar al menos 272 escaños, superando los 400 en coalición con sus tradicionales aliados (la Alianza Democrática Nacional), de los 543 que hay en la Lok Sabha, la cámara baja del Parlamento. Las encuestas hasta ahora tampoco han dado ninguna posibilidad a la alianza que formaron los partidos de la oposición para derrotar a Modi, quien goza de un amplio apoyo entre los hindúes, que representan el 80% de la población.

Entre esa mayoría se encuentran muchos jóvenes de todas las castas. Ellos son una de las principales fuentes de votos para el primer ministro en un país donde casi la mitad de la población tiene menos de 25 años. En Connaught, uno de los principales centros financieros de Delhi, encontramos a Vivaan, un estudiante de Matemáticas que ha votado por Modi. «Me gusta que reivindique que India es para los hindúes, que somos los que hemos rescatado a este país de caer en manos del terrorismo islámico», suelta este veinteañero, que está entre los más de 18 millones de indios que votaron por primera vez y que tiene un discurso en línea con el sector mas extremista del BJP.

Persecución a los musulmanes

El propio Modi ha abanderado en muchas ocasiones una narrativa anti musulmana que le ha funcionado electoralmente, pero que ha sido un impulso para una violencia étnica desatada en varios rincones del país.

«Con Modi al mando, India ha pasado de ser una democracia secular a una autocracia religiosa. Los musulmanes somos una minoría religiosa muy importante (más de 200 millones), pero el Gobierno ha alentado a sus masas hindúes a la violencia contra nosotros y en muchos estados han restringido nuestra libertad religiosa», explica Seema, una profesora que vive en Shaheen Bagh, al sur de Delhi, un barrio obrero de mayoría musulmana que ha vivido varias protestas estos últimos años, la más gorda recientemente contra una ley aprobada por el Gobierno este año que excluye a los refugiados musulmanes de un proceso para obtener la ciudadanía India.

«Este tipo de políticas lo que hacen es destruir la convivencia pacífica entre diferentes culturas. Si Modi gana las elecciones, la persecución contra todo lo musulmán será mayor. Delhi es la capital, una ciudad más abierta, pero seguir el islam en otras regiones del norte, sobre todo aquellas donde gobierna el BJP, será cada vez más complicado», opina Hermed Kazi, candidato al Parlamento que se presenta por Delhi con la Asamblea de la Unión de los Musulmanes de Toda India (AIMIN), uno de los partidos musulmanes con mas seguidores del país.

Los críticos con el Ejecutivo han denunciado durante las elecciones que el BJP se ha servido de todo el aparato de propaganda estatal, desde los grupos de WhatsApp, influencers a sueldo en YouTube, hasta producciones de Bollywood, para vender las bondades del liderazgo de Modi y colar un mensaje de islamofobia mezclado con otro de orgullo hindú. Los principales medios del país son además muy cercanos al partido gobernante. Durante la década de Modi en el poder, Reporteros Sin Fronteras (RSF) dice que India cayó 25 puestos en la Clasificación de Libertad de Prensa, hasta el puesto 161.

Hay ocho paradas de metro desde el barrio musulmán hasta la zona más caótica de la capital, Paharganj, el barrio preferido de los mochileros extranjeros. Es un laberinto de bazares donde se cruzan los rickshaws motorizados con los terneros sueltos por las aceras. «Yo quiero que cambie el Gobierno porque seguimos siendo pobres y hay mucho desempleo. Aquí estamos, a 47 grados de temperatura y teniendo que montar el mercadillo bajo el sol porque hay que comer», dice Samut, un vendedor ambulante que ha votado al Partido del Congreso, la principal formación de la oposición que una vez lideró el popular Jawaharlal Nehru, el primer líder indio tras la independencia.

Los analistas sostienen que el actual débil liderazgo de Rahul Ghandi, el líder del Congreso, junto con una larga lista de partidos con candidatos sin fuerza, cuyos nombres ni siquiera son conocidos entre el electorado, han ayudado al BJP a subir posiciones incluso en algunas regiones del sur, mucho más próspero que el norte, donde el partido hindú nunca ha tenido buenos resultados. Aunque el bastión tradicional de Modi es el norte de India, mucho más poblado y pobre. Allí, los resultados en el estado de Uttar Pradesh, hogar de 257 millones de personas y donde se eligen hasta 80 diputados, serán determinantes para ver si el BJP logra la ansiada mayoría parlamentaria.

«Yo he votado a Modi porque su programa de bienestar social ha entregado agua, casa y comida gratis a millones de personas», defiende Kaira, gerente en un hostal de Paharganj. Esta mujer hace referencia al programa de 34 billones de rupias (400.000 millones de dólares) que el Gobierno de Modo dice que ha destinado a ayudar a los hogares de bajos ingresos, un sustento que ha llegado a más de 900 millones de personas. Este programa incluye desde llenar las despensas de muchas casas hasta entregar bicicletas a las niñas de zonas rurales, lo que ha permitido a muchas de ellas poder ir a la escuela.

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